El tiempo bien empleado - Sal. 63, 1-8
Comunicarse con Dios es siempre una bendición. El creyente que pasa tiempo con su Padre celestial recibirá esas recompensas. Por ejemplo, los salmos del rey David hablan de la paz del alma y de las renovadas energías que él recibía del Señor. Nuestro espíritu se aquieta con la oración, y esa frustración y esa preocupación se mitigan. Cuando nuestro espíritu se renueva, sentimos que la tensión desaparece de nuestros músculos. Ni siquiera un poeta como David puede explicar cómo sucede, pero el resultado de nuestra adoración es una energía divina que se apodera de nuestro cuerpo. Nuestras emociones también se refrescan. Cuando vuelvo a casa después de un sermón del domingo por la mañana, me siento muy cansado. El remedio perfecto es abrir la Palabra de Dios y pedirle al Señor que me dé una fresca sensación de Su amor y Su presencia. Él responde siempre esas oraciones. Esas respuestas divinas, como también los pequeños impulsos del Espíritu Santo, sirven para fortalecer nuestra fe. A pesar de las recompensas que hay en pasar tiempo en la presencia de Dios, muchos cristianos lo evitan. Rechazamos el estar solos con Él, para ignorar el pecado que hay en nuestras vidas. Pero el Señor desea purificar nuestros corazones para conformarnos a la imagen de Su Hijo. Si rechazamos Su disciplina y el proceso de transformación, nuestra relación se debilitará. En cambio, el resistir todo lo que interfiera con nuestra relación con Dios nos asegura una relación más estrecha y personal, y las bendiciones del hecho de ser Sus hijos amados. El tiempo invertido en Su presencia siempre es recompensado.
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